A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Seis horas más tarde la caravana —acompañada por gran número de curiosos, acudidos desde todos los barrios de la ciudad para ver a la terrible fiera y lanzar contra su cadáver sangrientos insultos—, se detuvo ante el grandioso palacio del rajá.
Los ministros, advertidos ya por dos sikkari que habÃan precedido a los elefantes, esperaban al famoso cazador inglés en la base de la escalinata de mármol con una escolta de sikhs con trajes de gala y de eunucos que vestÃan lujosa y vistosamente.
—Yáñez —dijo Sandokán, deteniéndole en el momento en que iba a descender del elefante—, no te ocupes de mà ni de Tremal-Naik. El palacio real no se ha hecho para nosotros. Ya sabes donde encontrarnos.
—Me quedo con los malayos.
—Forman tu guardia, ¡y qué guardia! Con ellos no tienes nada que temer. Nosotros aprovechamos esta confusión para eclipsarnos.
—Pronto recibiréis noticias mÃas.
Bajó a tierra y se dirigió al encuentro de los ministros seguido por ocho sikkari que llevaban a la monstruosa fiera.
—Decid a su alteza que yo haber mantenido mi promesa —les dijo.
—Su alteza le espera, milord —contestaron a una los ministros, inclinándose casi hasta el suelo.
