A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Yáñez, que volvÃa a ser el excéntrico inglés, subió la escalinata flanqueada por dos filas de sikhs que le contemplaban con profunda admiración y, precedido por cuatro eunucos, hizo su solemne entrada en la inmensa sala del trono, atestada de altos dignatarios, jefes del ejército, tañedores y can-ceni, o sea bailarinas que llevaban bellÃsimos vestidos, muy semejantes a los de las bayaderas bengalÃes y de la India central.
Su alteza, estaba tendido en su trono-lecho charlando con algunos de sus favoritos. Pero cuando vio entrar al portugués, seguido por los sikkari que llevaban el kala-bâgh se levantó prestamente y, favor insigne, descendió los tres escalones de la plataforma, extendiendo la diestra.
—Eres un valiente, milord —dijo.
—Yo no haber hecho más que disparar mi carabina —contestó Yáñez.
—Ninguno de mis súbditos, aun siendo valerosos, hubiera sido capaz de enfrentarse con semejante fiera y matarla. Ahora puedes pedirme lo que quieras.
—A mi basta ser tu gran cazador y ser invitado tuyo.
—Daré grandes fiestas en tu honor.
—No, alboroto; hacerme demasiado daño cabeza. Yo sólo querer ver teatro indio.
—Tengo aquà una compañÃa fija que es la más famosa de mi reino.