A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Oh! Yo estar satisfecho ver tus comediantes.
—Estarás cansado.
—Poquito.
—Tu apartamento está dispuesto, y pongo a tu disposición todos los servidores que desees.
—Bastar a mÃ, alteza, mi escolta y un chitmudgar.
—Lo encontrarás ante tu puerta, milord. ¿Cuándo quieres asistir a la representación?
—Esta noche, si no te molesta.
—Un deseo tuyo es una orden para mÃ, milord —contestó cortésmente el rajá.
Se acercó al tigre y lo miró largo rato.
—Esta piel hará muy buen papel en tu habitación —dijo luego—. Te recordará siempre la gran empresa que has realizado. Ve a descansar, milord, y esta noche cenaremos juntos y te presentaré a otro blanco, que espero se convierta en tu amigo.
—Yo verlo con placer —dijo Yáñez.
La recepción habÃa terminado.
El portugués llamó a sus malayos y abandonó la sala, que se iba vaciando lentamente, precedido por dos eunucos.
El rajá habÃa vuelto a sentarse, o mejor dicho a tenderse en su trono, después de hacer con la mano un gesto imperioso que significaba:
—Dejadme solo.