A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Apenas habÃan salido el último ministro y el último guardia, se abrió la doble cortina de seda que colgaba detrás del trono y apareció un hombre. No era un indio, sino un europeo de alta estatura y piel blanquÃsima, que resaltaba más debido a la larga barba negra que le enmarcaba el rostro. TenÃa las facciones regulares, la nariz aquilina, los ojos negros y ardientes, pero con un no sé qué de falso que, por lo menos en un primer momento, producÃa mala impresión.
Como todos los europeos que viven en la India, iba vestido de ligerÃsima franela blanca. En la cabeza, sin embargo, llevaba un casquete rojo con flecos como los que suelen llevar los griegos y levantinos.
—¿Qué piensas Teotokris? —le preguntó el rajá—. Por tu expresión, parece que no estés satisfecho de la empresa llevada a cabo por el inglés.
—Te engañas, alteza; los griegos admiran las pruebas de valor.
—Sin embargo, veo una profunda arruga en tu frente, y me pareces preocupado.
—Y lo estoy realmente, alteza —contestó el griego.
—¿Por qué motivo?
—¿Estás seguro de que es un verdadero lord?
—¿Y por qué iba a dudarlo?
—¿Sabes de dónde viene?
—De Bengala, me ha dicho.