A la conquista de un imperio

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Se componía de cuatro hermosas habitaciones, un salón elegantísimo y un cuarto de baño, amueblados todos con mucho lujo y provistos de punka, que son grandes tablas cubiertas de tela y sujetas al techo, que un criado hace girar continuamente mediante un juego de cuerdas, para mantener una temperatura agradable en el interior.

El chitmudgar, que el príncipe había destinado al famoso cazador, se había apresurado a traer una opípara comida con muchas botellas de cerveza y licores, destinando parte al primero y parte a los seis malayos, que ocupaban una de las cuatro habitaciones, transformada en una especie de cuartel.

—Acompáñame —dijo Yáñez al mayordomo, sentándose.

—¡Yo!… ¡Con usted, milord! —exclamó el indio, con un gesto de estupor.

—Calla, y comparte todo esto conmigo. Tengo muchas cosas que pedirte y también rupias para regalarte, si me eres fiel.

Las rupias hicieron más efecto que la invitación, porque el chitmudgar, fácil de sobornar como la mayor parte de sus compatriotas, obedeció prontamente, sin protestar más por tan gran honor.

—¿Es cierto que los comediantes están aquí, en palacio? —preguntó Yáñez, probando los manjares.

—Sí, milord.


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