A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¿Conoces al director de la compañÃa?
—Es amigo mÃo, milord.
—Estupendo —dijo Yáñez, sirviéndose un vaso de cerveza y bebiéndolo de un solo trago—. Quiero verle.
—He recibido orden de satisfacer todos tus deseos. El rajá lo quiere asÃ.
—Pues yo deseo que el prÃncipe no sepa que quiero ver al director de la compañÃa. Compro tu silencio por cincuenta rupias.
El mayordomo se sobresaltó y abrió los ojos de par en par. En un año de servicios no ganaba tal vez ni la mitad de aquella suma, que para él representaba una pequeña fortuna.
—¿Qué debo hacer?
—Ya te lo he dicho: quiero que venga el jefe de los actores, y mejor si no le ven. ¿Dónde tendrá lugar el espectáculo?
—En el patio interior.
Yáñez se reclinó en la butaquita de bambú y miró unos instantes al chitmudgar.
—¿Es el mismo dónde el rajá mató a su hermano?
—SÃ, milord.
—Me lo habÃa imaginado. ¿Existe aún la famosa galerÃa desde dónde el hermano de Sindhia disparó sobre sus familiares?