A la conquista de un imperio

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—Está precisamente sobre el escenario.

—¡Por Júpiter! —exclamó Yáñez—. A esto se le llama tener una suerte prodigiosa. Ve a llamar a ese hombre.

El mayordomo no se hizo repetir la orden; aunque no había terminado aún su comida, se levantó precipitadamente y desapareció.

—¡Ah, ah! —rio Yáñez—. Mi querido rajá quiero prepararte una mala pasada y hacer nacer en tu corazón una sospecha que no te dejará dormir.

Llamó al jefe de los malayos, que comía en la habitación contigua con sus compañeros y acudió en seguida.

—¿Qué desea, capitán Yáñez? —preguntó el salvaje malayo.

—¿Cuántas rupias os ha confiado Sandokán? —preguntó el portugués.

—Seis mil.

—Tenedlas a punto.

Un momento después entraba el mayordomo acompañado por un indio más bien entrado en años, de ojos muy inteligentes, facciones aún bellas y piel más bien oscura, porque los actores suelen ser casi siempre indios tamiles o malabares, que son los pueblos más aficionados a las representaciones dramáticas.

—Aquí está el calicaren (actor) —anunció el mayordomo.


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