A la conquista de un imperio

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Cuando se quedó solo, Yáñez se tendió en el magnífico lecho —dorado, con incrustaciones de madreperla, y cubierto por una soberbia tela de seda adamascada— murmurando:

—Ahora podemos reposar hasta que llegue ese europeo misterioso, si es que se digna venir a saludarme.

Invitado por el profundo silencio que reinaba en el palacio —ya que era la hora del reposo diurno, que dura desde después del mediodía hasta las cuatro, tiempo durante el cual todos los asuntos quedan en suspenso— y por la grata frescura proporcionada por la punka, que un criado situado en la terraza moría enérgicamente, no tardó en cerrar los ojos.

Una discreta llamada en la puerta, le despertó un par de horas más tarde.

—¿Eres tú, chitmudgar? —preguntó Yáñez, saltando de la cama.

—Sí, milord.

—¿Qué quieres de mí?

—El señor Teotokris desea verle, sahib.

—¡Teotokris! —exclamó el portugués—. ¿Quién es? Es un nombre griego, si no me engaño. ¡Ah ya! Será el europeo de quien me han hablado. Vamos a conocer a ese personaje misterioso.


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