A la conquista de un imperio

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Ordenó sus ropas, tomó la precaución de meterse una pistola en el bolsillo, sabiendo por instinto que tenía que enfrentarse con un adversario peligrosísimo tal vez, y entró en el salón.

El griego estaba allí, de pie, con una mano apoyada en la mesa, un tanto meditabundo.

Viendo entrar a Yáñez, se irguió, mirándole rápidamente; luego hizo una ligera inclinación, diciendo en perfecto inglés:

—Me siento feliz de saludarle, milord, y de ver aquí, en la corte de su alteza el rajá de Assam, a otro europeo.

Estas palabras fueron pronunciadas con una cierta irónica irritación, que no escapó al astuto portugués.

Sin embargo, este contestó amablemente:

—Yo ya sabía, señor, que había aquí un europeo, y nadie se sentiría más feliz que yo de estrecharle la mano. Fuera de nuestro continente, cualquiera que sea nuestra nación, somos siempre hermanos, porque somos hijos de la gran familla de los hombres blancos. Siéntese, señor…

—Teotokris.

—¿Griego?

—Sí, del archipiélago.

—¿Cómo se encuentra aquí? Su patria no tiene intereses en la India.


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