A la conquista de un imperio

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Todo estaba dispuesto para la representación. El escenario, una simple plataforma adornada con unos cuantos jarrones de porcelana, que contenían colosales ramos de flores, iluminados por una treintena de faroles de vidrio variopinto, no esperaba más que los actores.

A los lados, soldados y servidores, sentados sobre alfombras, charlaban en voz baja. Enfrente, bajo un amplio pabellón formado por cortinas de seda de colores deslumbradores, estaban el rajá, el griego y los ministros y altos dignatarios del estado. Fumaban, bebían licores o masticaban betel, esperando que empezara la representación.

El príncipe, que parecía de muy buen humor y algo achispado, hizo sentar a Yáñez a su derecha, diciéndole:

—Espero, milord, que quedes contento de mis actores. Son casi todos malabares y los he hecho elegir con cuidado.

—Yo estar contentísimo —contestó Yáñez—. Gustar mucho teatro yo, también indio.

—Bebe, milord —dijo el rajá, tendiéndole un vaso—. Esta es verdadera ginebra inglesa.

—Más tarde, alteza —contestó el portugués, quien había visto al griego vertiendo aquel licor unos momentos antes—. No tener sed ahora.


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