A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Dejó el vaso a su lado, sobre una silla, bien decidido a no vaciarlo. No se fiaba mucho del señor Teotokris.
El rajá dio unas palmadas y en seguida aparecieron en la escena una cincuentena de actores. Algunos iban caracterizados de viejos y vestían trajes principescos, otros de mujeres, y no faltaban tampoco muchachos y muchachas. Sobre todos destacaba, por la riqueza de sus vestidos, una niñita de unos diez años, situada junto a un viejo guerrero de larga barba blanca. Entre toda aquella gente había un rajá de aspecto siniestro, acompañado de un joven príncipe que se parecía extrañamente a Sindhia.
Al ver a aquellos dos personajes, el portugués no pudo contener una sonrisa.
—Estos indios saben disfrazarse maravillosamente —murmuró—. Creo que no he gastado mal las quinientas rupias.