A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Después de una larga serie de cumplidos entre el falso rajá y los demás actores, sacaron al escenario una mesa inmensa, cargada de platos y manjares y todos se pusieron a comer, mientras multitud de bayaderas y tañedores, danzaban y hacían sonar ruidosamente gongs, sitar y saranguy acompañados de grandes golpes de tumburà —magnífico instrumento cargado de dorados, pinturas, cintas y preciosos adornos que los indios ricos tienen expuesto a los ojos de los forasteros en la mejor habitación de sus casas, como uno de sus más hermosos objetos.
Comían entretanto los actores con un apetito envidiable, y no peces de cartón o salsas falsas, sino de verdad, bebían vasos llenos de toddy, riendo y charlando al mismo tiempo ruidosamente.
De pronto, hacia el final del banquete, desapareció el rajá, para dejarse ver poco después, acompañado de algunos ministros, en la galería que estaba encima del escenario.
Llevaba una carabina en la mano, y sus compañeros vasos y botellas.
Sonó un disparo y uno de los invitados, el viejo guerrero de la barba blanca, cayó mientras la niña, que se sentaba a su lado, huía gritando.