A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Otro disparo, y otro invitado que cae, debatiéndose desesperadamente. Él rajá, que parece presa de un ataque de locura, vacía un vaso de licor que le tiende un ministro, luego coge otra carabina y vuelve a disparar.
Los invitados huyen desesperados, dando vueltas, come lobos caídos en una trampa, en torno a la mesa; derribar, sillas y platos, chillan espantosamente y tienden los brazos hacia el rajá, que sigue disparando.
Caen los viejos, las mujeres, los niños, pero el sanguinario príncipe, como poseído por el demonio de la destrucción, sordo a los lamentos desgarradores de las víctimas, sigue disparando hasta que no quedan más que el joven que se le parece y la niña que llora sobre el cadáver del viejo guerrero.
Yáñez mira al rajá. El príncipe está palidísimo, su frente fruncida, sus labios temblorosos. Recuerda muy bien aquel drama terrible que le llevó al trono del Assam.
—Está más conmovido de lo que yo esperaba —murmura el portugués—. Espera al final, querido mío. Esto no es nada aún.
El rajá bebe otro vaso y mira a las víctimas, contándolas con los ojos.