A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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El joven príncipe, erguido en medio de los cadáveres, tiende los brazos, en un gesto desesperado, hacia el rajá que se tambalea borracho como una cuba, y grita repetidas veces, simulando maravillosamente un espanto indescriptible:

—¡Perdóname la vida! ¡Soy tu hermano! ¡Llevamos la misma sangre en las venas!

El actor-rajá parece vacilar, luego su mirada ardiente y feroz se apaga lentamente. Echa al escenario una de sus carabinas y dice:

—Yo te perdono, a condición de que toques la rupia que voy a tirar al aire.

El príncipe recoge el arma y dispara sobre el rajá, quien cae fulminado en el balconcillo.

Los ministros del difunto tirano se apresuran a bajar al patio y a echarse a los pies del príncipe; pero este, se abalanza sobre la niña que sigue llorando sobre el cadáver de su padre, gritando con gesto trágico:

—¡Lleváosla! ¡Tampoco yo quiero más parientes! ¡Vendedla como esclava! En el escenario aparecen unos cuantos indios, miserablemente vestidos. Sus facciones denotan ferocidad, y llevan pintada en el pecho una serpiente azul con cabeza de mujer y en los costados pañuelos de seda negra y lazos. Son thugs, adoradores de la sanguinaria Kali y terribles estranguladores. Cogen brutalmente a la niña, la meten en una especie de saco y se la llevan, a pesar de sus gritos.


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