A la conquista de un imperio

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Yáñez vuelve a mirar al rajá y le ve lívido. Gruesas gotas de sudor perlan su frente y sus labios se agitan como si fuera a gritar: pero no consigue pronunciar ni una sílaba.

—No se atreve —murmura el portugués.

En aquel momento, desaparecen todos los actores; los gongs, los sitar, y los tumburà entonan una marcha que ensordece a los espectadores.

En seguida, veinte hombres vestidos de guerreros y con cimitarras en la mano, invaden el escenario lanzando gritos; luego aparece un palanquín llevado por ocho hamali[30] espléndidamente vestidos, sobre el que se sienta una joven princesa con una corona real en la cabeza.

El rajá lanza, en aquel momento un aullido de fiera, seguido inmediatamente por otro, desgarrador.

Los espectadores se ponen en pie de un salto. También el rajá se levanta, mirando con turbación a sus ministros, los cuales sujetan a un alto dignatario que se tambalea y mueve los labios manchados de una espuma sanguinolenta.

—¿Qué ocurre aquí? —grita Sindhia.

—Señor… ¡Me muero! —contesta el dignatario con voz débil.

Yáñez que no comprende nada de aquel suceso imprevisto, lanza una mirada en torno suyo, y palidece también. El vaso lleno de licor que había dejado en la silla, había sido vaciado por alguien.


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