A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Un relámpago le atraviesa el cerebro.
«He escapado a la muerte por un verdadero milagro. Si lo hubiese vaciado yo, a estas horas estarÃa en el lugar de este desgraciado. ¡Perro griego! Me pagarás esta jugada, canalla. Por suerte soy más astuto y más prudente de lo que tú piensas».
En el pabellón, la confusión habÃa llegado al colmo. Todos gritaban y se afanaban en torno al desdichado, quien vomitaba sangre junto con cierta materia verde y filamentosa.
Por fin llegó el médico de la corte. Con una sola mirada comprendió que su intervención serÃa completamente inútil.
—Este hombre ha bebido un poderoso veneno —dijo.
El rajá se puso lÃvido. Sus ojos, ardientes como carbones se fijaron sucesivamente en todos los dignatarios que ocupaban el pabellón y que temblaban como atacados por un acceso de fiebre.
—¡Aquà hay un culpable! —gritó el prÃncipe—. ¡Si no se descubre, os haré decapitar a todos! ¿Me habéis oÃdo? Probablemente ese veneno estaba destinado a mÃ.
—O a mÃ, alteza —intervino Yáñez.
El rajá le miró estupefacto.
—¿Tú crees, milord?