A la conquista de un imperio

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—Yo no creer nada, pero hago notar a vuestra alteza que vaso mío no haberlo vaciado yo. Yo haberlo encontrado sin gota de licor dentro. Puede que estar envenenado aquello.

—¿Dónde está el vaso, milord?

Yáñez se inclinó para cogerlo, y lanzó una exclamación de cólera.

—¡Oh!

El vaso había desaparecido misteriosamente.

—No estar ya junto silla —dijo.

—Nosotros encontraremos al culpable, milord; te le prometo.

—Gracias, alteza.

—Este delito no debe quedar sin castigo. Mi elefante verdugo tendrá trabajo dentro de unos días.

Luego añadió brutalmente:

—El espectáculo ha terminado. Que el culpable vaya también a dormir por última vez.

Los ministros, presa de un vivo espanto, se retiraron precipitadamente para abrirle paso.

El rajá estrechó la mano al portugués y salió del pabellón, con la frente fruncida y la mirada sombría. El griego, en su calidad de primer favorito, se disponía a seguirle, cuando Yáñez le detuvo.

—He de decirle unas palabras, señor Teotokris.

—Hablaremos mañana, milord —contestó el griego—. El príncipe me espera.


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