A la conquista de un imperio

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—Sólo quiero darle las gracias.

—¿Por qué?

—¡Diantre! Por estar aún vivo, lo que es un gran placer, puede creerlo, Teotokris —dijo Yáñez con ironía—. Pero imaginaba que los griegos del archipiélago eran más astutos.

—¡Milord! —exclamó el favorito con voz ronca—. Me está insultando, y no es este el lugar ni el momento.

—Mañana arreglaremos cuentas; no se haga mala sangre por ahora.

El griego se encogió de hombros y salió apresuradamente. Yáñez no creyó oportuno entretenerle más. Se desahogó con un «¡vete al diablo, canalla!». Llamó a sus malayos y abandonó también el ya desierto pabellón.

En medio del patio, guardado por media docena de servidores, tendido sobre una alfombra, yacía el cadáver del dignatario, un alto funcionario de la corte, al parecer. El veneno había actuado rápidamente, quitándole la vida, cuando aún era joven y gallardo.

El portugués, más conmovido de lo que él mismo hubiera creído, se quitó el sombrero, murmurando con ira:

—Un día, también tú serás vengado, pobre hombre que me has salvado la existencia.


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