A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Iba a subir la escalera que llevaba a sus habitaciones, cuando un hombre le interceptó el paso, cayendo a sus pies de rodillas. Era el calicaren, o jefe de los actores.
—Sahib —le dijo—, sálveme. Mañana moriremos todos nosotros.
—¿Quiénes? —preguntó Yáñez, sorprendido.
—Mis artistas y yo.
—¿Por qué?
—Por culpa de la comedia que hemos representado. El rajá está furibundo y ha jurado hacernos cortar el cuello al despuntar el dÃa.
—¿Quién te lo ha dicho?
—El otro hombre blanco.
—¿El favorito?
—SÃ, sahib.
—¿Quieres un consejo?
—Démelo, sahib.
—Escapa a todo correr junto con tus actores, y ve a representar tus dramas a Bengala. ¡Kabung!
El jefe de la escolta malaya dio un paso adelante.
—Da a este hombre otras quinientas rupias —le dijo Yáñez—. ¿Te bastarán para escapar, calicaren?
—Me convierte en un señor, sahib —dijo el actor—. Ya me dio antes otras quinientas.
—Coge también estas.
—Me haré construir un gran teatro.