A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Como quieras, con tal de que no te atrapen antes del amanecer.
—El rajá no nos cogerá nunca, sahib. Si puedo serle útil, disponga de mÃ.
—No es preciso; escapa pronto.
Yáñez subió la escalera y entró en su apartamento, donde le esperaba el mayordomo.
Por primera vez en su vida, el portugués parecÃa muy preocupado.
—Atrancad la puerta —dijo a sus malayos— y acostaos con las carabinas al lado. No sé qué puede ocurrir.
—Somos seis, capitán —dijo el jefe de la escolia—. Puedes dormir tranquilo, que nosotros te guardaremos. ¿Quieres que envÃe a alguien para advertir al Tigre?
—De momento es inútil. Dejadme solo con el mayordomo.
Se sentó ante la mesa y destapó una botella de ginebra; la olió largamente, lleno un vaso y lo tendió al chitmudgar, preguntándole:
—¿TendrÃas miedo de beberlo?
—¿Por qué, milord?
—¿Sabes que con un vaso de no sé qué licor acaban de mandar al otro mundo a uno de los grandes oficiales del rajá?