A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Me lo han contado, sahib —contestó el chitmudgar—. Era el tesorero del prÃncipe.
—¿Sabes que aquel hombre ha vaciado el vaso que me habÃan ofrecido a mÃ?
—¿Qué dice usted, milord? —exclamó el indio estupefacto.
—Tal como te lo cuento.
—¿Asà que trataban de envenenarle a usted?
—Asà parece —contestó Yáñez, flemáticamente.
—¿Y no tienen ninguna sospecha?
—¿Quién crees tú que puede tener interés en suprimirme?
El mayordomo permanecÃa silencioso.
—¿El rajá?
—¡Eso es imposible! —exclamó el indio—. Le debe reconocimiento por haber recuperado la piedra de salagram, sin pedir ninguna recompensa. Además, le admira demasiado, después de la muerte del kala-bâgh.
—¿Entonces?
—El otro blanco.
—El favorito, ¿verdad?
El indio vaciló un instante, luego contestó francamente:
—Él, sÃ.
—Estaba seguro —dijo Yáñez.
—Él teme que usted ocupe su sitio.