A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¿Crees que este licor puede estar envenenado?
—Este no; es imposible. Las botellas que he traÃdo aquÃ, las he cogido en las bodegas del rajá, de forma que puede beberlo con toda tranquilidad.
—Bebe, pues.
—SÃ, milord.
El chitmudgar vació el vaso de un solo trago, sin la menor vacilación.
—Es excelente, milord.
—Entonces, beberé yo también —dijo Yáñez, llenando otro vaso—. Ahora ve a descansar: si te necesito, te haré llamar.
El mayordomo hizo una profunda inclinación y se retiró.
Yáñez vació otro vaso, encendió un cigarrillo y se frotó las manos, murmurando:
—El dÃa ha sido pesado; sin embargo, no he perdido el tiempo. Los frutos los recogeremos más adelante. La madeja está aún muy embrollada; pero espero dar a Surama la corona que le corresponde y enviar al infierno a Sindhia. La araña venenosa es ese maldito griego del archipiélago. Mañana haré todo lo posible para darle una terrible lección.