A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Yáñez —que habÃa dormido tan tranquilamente como un hombre que no tiene preocupación alguna—, acababa de abrir los ojos y estaba bostezando, cuando el chitmudgar, después de llamar repetidas veces a la puerta, entró acompañado por un oficial del rajá.
—Milord —dijo el mayordomo, mientras el oficial hacÃa una profunda inclinación—, el prÃncipe le espera.
—Aguardad cinco minutos —dijo Yáñez, volviendo a bostezar.
Saltó de la cama, se vistió con cuidado, sin apresurarse demasiado, metió las pistolas en la faja y se reunió con el mayordomo y el oficial, que le esperaban en el salón, donde habÃa sido preparado el té.
—¿Qué desea su alteza? —preguntó, sorbiendo la aromática bebida con estudiada lentitud.
—Lo ignoro, milord —contestó el oficial.
—¿Está de mal humor, tal vez?
—Me parece muy preocupado esta mañana, milord. Parece ser que ha habido una discusión entre él y el otro blanco.
—¡Ah!, el señor Teotokris —exclamó Yáñez, casi distraÃdamente—. Ya; el otro blanco está siempre de mal humor.
—Es verdad, milord.
—Asà se hace temer.
