A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —En la corte, todos le tienen miedo.
—¿Y a mà también?
—¡Oh, no, milord! Todos le admiran, y se alegrarÃan mucho de verle en el lugar del favorito.
—Es una preciosa información —murmuró para sà el portugués.
Tragó aprisa el último sorbo, llamó a sus fieles malayos y siguió al oficial, diciendo:
—Preparémonos para una tormenta. El asunto de la comedia no pasará fácilmente. Por suerte, los actores se han marchado; por lo menos, eso espero.
Descendió la escalerilla y entró en la sala del trono. El prÃncipe Sindhia estaba allÃ, tendido como de costumbre en aquella especie de lecho, con varias botellas de licores dispuestas sobre una mesilla y un gran vaso lleno en la mano.
—Estoy muy contento de verte, milord —dijo, apenas entró Yáñez seguido de los malayos—. Te esperaba con impaciencia.
—Yo estar siempre a disposición de vuestra alteza —contestó Yáñez en su fantástico inglés.
—Siéntate cerca de mÃ, milord.
Yáñez cogió una silla y la colocó en la plataforma, cerca del lecho que servÃa de trono.