A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio A los dos disparos que habÃan sonado hacia la izquierda, en la dirección en que se hallaba la pagoda subterránea, anunciando que algo grave ocurrÃa, siguió un largo silencio.
Los habÃan disparado sin duda los dos centinelas, que vigilaban entre la maleza que rodeaba la inmensa roca. Sandokán conocÃa demasiado bien las armas de sus hombres para equivocarse.
—¿Habrán hecho fuego contra algún espÃa? —preguntó Tremal-Naik a Sandokán, quien, inclinado sobre la proa de la bangle, escuchaba atentamente.
—No sé —contestó el pirata—. Pero mi inquietud ha aumentado. DirÃa que presiento una traición.
—Puede ser una falsa alarma, amigo —dijo Tremal-Naik.
—¡Calla!
Otros dos disparos resonaron en aquel instante, seguidos casi de inmediato de una nutrida descarga.
—¡Estas no son las carabinas de mis hombres! —exclamó Sandokán—. ¡Atacan nuestro refugio! ¡Pronto, amigos, dad fuerte a los remos! ¡Los minutes son preciosos! No era necesario animar a los malayos. Remaban furiosamente, haciendo dar auténticos saltos a la pesada barcaza.
