A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Ya nadie dudaba de que estaban atacando la pagoda subterránea. Una descarga sucedÃa a otra, resonando tras la piedra.
Sandokán se puso a pasear por el puente como un tigre enjaulado. De vez en cuando se detenÃa, prestaba atención y luego gritaba:
—¡Aprisa! ¡Aprisa, amigos! Atacan a nuestros compañeros.
También Tremal-Naik se habÃa puesto nerviosÃsimo, y atormentaba el gatillo de su carabina, repitiendo a su vez:
—SÃ, aprisa, aprisa.
Una furiosa batalla debÃa de haberse empeñado ante la entrada de la pagoda.
Sandokán distinguÃa perfectamente los disparos de las carabinas malayas, que tenÃan un sonido más fuerte que las indias.
Finalmente, la bangle, con un último y más poderoso impulso de los remeros, tocó la orilla, casi frente a la roca.
—Echad el ancla y seguidme —gritó Sandokán.
—¿Y el faquir? —preguntó Tremal-Naik.
—Que se quede un hombre vigilándole; pero uno solo —contestó Sandokán—. Ya no podrá escapar. Vamos, rápido y sin hacer ruido. ¡Cogeremos a los indios por la espalda!