A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Saltaron a tierra y se metieron entre la vegetación, mientras la fusilerÃa sonaba con creciente intensidad, repercutiendo bajo las inmensas bóvedas verdes de los taras y los banianos.
Los piratas corrÃan veloces, pero sin hacer apenas ruido, aunque las detonaciones de las carabinas cubrieron el romperse de las ramas.
Llegados a trescientos pasos de la entrada de la pagoda, Sandokán detuvo al grupo, diciendo:
—Deteneos aquÃ, y que no se mueva nadie hasta que yo vuelva. Ven, Tremal-Naik: antes de lanzarnos a fondo, vamos a contar a nuestros adversarios.
—Apruebo tu prudencia —contestó el bengal×. Si acabaran con nosotros, Yáñez y Surama estarÃan perdidos. Asà que no precipitemos las cosas.
Se tiraron al suelo y se alejaron, deslizándose a través de un espeso grupo de banianos silvestres.
Al llegar al final se detuvieron.
—Aquà están —susurró Sandokán—. ¡Son los sikhs; tal como me imaginaba!
—¿Muchos?
—Unos cuarenta, por lo menos.
Tremal-Naik avanzó un poco más, asomando la cabeza a través de las inmensas hojas de un baniano.
Una cuarentena de hombres disparaban sin interrupción hacia la entrada de la pagoda subterránea.