A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Eran sikhs y les mandaba un capitán que llevaba en el casco un gran penacho de plumas rojas.
Para ofrecer menor blanco, estaban todos tendidos de bruces, pero a pesar de ello, siete u ocho soldados yacÃan sin vida ante la pagoda.
Probablemente, aquellos valerosos guerreros habÃan trabado de asaltar el refugio y habÃan sido rechazados.
—¿Qué quieres que hagamos, Sandokán? —preguntó Tremal-Naik.
—Atacarles por la espalda, y sin tardanza —contestó el pirata—: Pero a ti voy a confiarte una peligrosa empresa.
—¿Cuál?
—La de apoderarle del capitán de los sikhs. Necesito a ese hombre.
—Te lo traeré vivo o muerto.
—Lo quiero vivo. Vamos a llamar a nuestros hombres. Atravesaron de nuevo la espesura, reuniéndose con los malayos que parecÃan ansiosos por empezar a luchar, embriagados ya con el olor de la pólvora.
—¿Estáis preparados? —preguntó Sandokán.
—Todos, Tigre de Malasia —contestaron a una voz.
—Tú, Kammamuri, sigue a tu amo, y no le abandones ni un instante.
Luego, dirigiéndose a los malayos, añadió: