A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Debéis hacer una sola descarga, lanzando al mismo tiempo vuestro grito de guerra para avisar con él a los compañeros que están en la pagoda. Luego, cargad con las cimitarras. ¿Me habéis entendido?
—Sí, Tigre de Malasia.
—Adelante, entonces, y no olvidéis que los viejos tigres de Mompracem han vencido siempre.
Partieron casi a la carrera, tan impacientes estaban por empezar la batalla, teniendo el dedo sobre el gatillo de las carabinas.
Sandokán les precedía con Tremal-Naik y Kammamuri. Cuando llegaron al borde del bosque, los sikhs estaban sólo a veinte pasos de la entrada del refugio y el fuego de los asediados empezaba a disminuir.
—Llegamos en buen momento —dijo Sandokán.
Desnudó su cimitarra, empuñó una de las dos pistolas que llevaba en el cinto, dos armas espléndidas de doble tiro, y corrió, gritando con voz tonante:
—¡Ánimo, tigres de Mompracem!
Un aullido salvaje, agudísimo, el grito de guerra de aquellos formidables aventureros de los mares de la Sonda, resonó cubriendo el fragor de la fusilería, seguido de inmediato por una descarga.
Los sikhs, que no esperaban en absoluto aquel ataque, se pusieron en pie de un salto, mientras desde el interior de la pagoda los asediados respondían al grito de guerra de sus compañeros.