A la conquista de un imperio

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Sandokán y sus valientes se lanzaron furiosamente al ataque, cargando con sus cimitarras y rugiendo como obsesos, para hacer creer que eran más numerosos.

Siete u ocho indios cayeron bajo la descarga, de forma que su número disminuyó considerablemente; sin embargo, aun estando cogidos entre dos fuegos, porque los sitiados habían corrido también al ataque, no desmintieron la fama de ser los guerreros más valientes de la gran península indostánica.

Con la rapidez del rayo, se dispusieron en dos frentes, echando también mano de sus cimitarras, y durante unos instantes sostuvieron el doble ataque de los salvajes hijos de Malasia, defendiéndose desesperadamente.

Por desgracia, tenían ante ellos al más famoso guerrero de Malasia. Con un ímpetu irresistible, Sandokán se había metido entre las filas, dando terribles mandoblazos y desorganizándolas.

Nadie podía resistir a aquel hombre, que derribaba a un enemigo cada vez que bajaba la cimitarra.

Las líneas, desfondadas por el fulminante ataque, se rompieron a pesar de los esfuerzos del capitán por mantenerlas firmes; luego los hombres se desbandaron.

Pero en el mismo momento en que escapaban en todas direcciones, perseguidos tenazmente por docena y media de malayos, que hacían fuego para impedir que se reorganizaran, Tremal-Naik y Kammamuri se tiraron sobre el capitán, derribándolo de golpe y atándole fuertemente.


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