A la conquista de un imperio

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Entre tanto, Sandokán se aproximó al viejo Sambigliong, que mantenía bien sujeto al ministro Kaksa Pharaum, más muerto que vivo.

—¿Cuántos hombres has perdido? —preguntó con cierta ansiedad el pirata.

—Sólo dos, Tigre de Malasia —contestó—. Nos hemos atrincherado en seguida detrás de las rocas, donde las balas de los sikhs no podían alcanzarnos.

—Preparémonos a marchamos inmediatamente.

—¿Vamos a dejar este cómodo refugio?

—Es preciso; mañana volverán los sikhs en mayor número, y yo no deseo que me encierren en una trampa sin salida.

—¿Y dónde iremos?

—De eso se ocupará Bindar.

En aquel momento regresaban los malayos. Habían seguido a los soldados del rajá quinientos o seiscientos metros, desbandándolos por completo; luego, temiendo caer en alguna emboscada, se replegaron en buen orden hacia la pagoda, disparando algún tiro para hacer comprender a los fugitivos que seguían estando en los alrededores.


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