A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —No, sahib —contestó el indio—. Aquà empieza la jungla salvaje, y nadie se atreverÃa a habitar en ella por miedo a las bestias feroces. Sólo más allá de los pantanos, donde el terreno empieza a subir, se encuentran los brahmanes drauers.
—¿Quiénes son?
—Yo te contestaré —intervino Tremal-Naik—. Son sacerdotes de Brahma que han conservado toda la pureza de su antigua religión; hablan una lengua que los demás desconocen por completo, y se pintan la frente y el cuerpo como todos los brahmanes, añadiendo únicamente algunos granos de arroz, que llevan pegados sobre las cejas. Por otra parte, son personas tranquilas que se ocupan de prácticas religiosas y que no nos darán ninguna molestia.
—¿Es grande la jungla de Benar?
—Inmensa, sahib —contestó Bindar.
—La convertiremos en nuestro cuartel general —dijo Sandokán—. Si sólo está a quince o veinte kilómetros de distancia, en tres o cuatro horas podemos llegar a la capital del Assam.
—No obstante, me inquieta la suerte de Surama —dijo Tremal-Naik—. Por Yáñez no me preocupo: ese diablo de hombre siempre sabrá arreglárselas y escapar a todas las intrigas. Además, tiene consigo a seis malayos, los mejores de la banda.
—¿Qué puede ocurrirle a Surama?