A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Que el rajá la haga matar. ¿Acaso no terminó con todos sus parientes?
—No se atreverá —contestó Sandokán—. Él cree que Yáñez es inglés, y se lo pensará mucho antes de cometer un delito, sabiendo que Surama está bajo su protección. Estos prÃncipes tienen mucho miedo al virrey de Bengala.
—Es cierto; sin embargo, me disgusta tener que perder el tiempo en estos momentos. ¿Y si no encontráramos las huellas de los secuestradores?
—El gussain nos pondrá en buen camino.
—Y si se obstina en no hablar…
—Le obligaremos; no temas, amigo —concluyó Sandokán frÃamente.
Sacó de entre su ancha faja el cibuc, lo cargó de tabaco, lo encendió y fue a sentarse a proa de la bangle, con una carabina entre las rodillas.
Entre tanto dayaks y malayos remaban con vigor, mientras Bindar llevaba el timón.
La corriente era muy débil, ya que los rÃos de la India no tienen mucha pendiente, de forma que la embarcación —aun siendo pesada y de proa bastante redonda— avanzaba con cierta rapidez, deslizándose siempre bajo las arcadas de les árboles que se sucedÃan sin la menor interrupción.