A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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Unas veces eran colosales tamarindos, otras mirtos o sangores dragón o nargassas, mejor conocidos bajo el nombre de árboles del hierro, porque difieren muy poco de los brasileños, que son tan resistentes que rompen el filo de las hachas mejor templadas.

De vez en cuando, aparecían en la orilla manadas de chacales y de lobos indios; pero, después de haber aullado o ladrado en varios tonos contra los remeros, se apresuraban a volver a la selva en busca de presas más fáciles.

A las cuatro de la mañana, en el momento en que los papagayos empezaban a chillar entre las ramas de los tamarindos, y los ánades y ocas a alzarse sobre los cañaverales, Bindar, que observaba hacía rato la orilla, hizo desviar la bangle con un fuerte golpe de timón.

—¿Qué haces? —preguntó Sandokán, poniéndose en pie de un salto.

—Hay una laguna delante de nosotros, sahib —contestó el indio—. Entro en la jungla de Benar y allí estaremos perfectamente seguros.

—Vira, pues.

La bangle se hallaba ante una vasta abertura. La orilla estaba cortada por un canal lleno de plantas acuáticas que, sin embargo, no impedían el paso porque estaban reunidas en grupos algo alejados unos de otros.

Un extraordinario número de pájaros revoloteaba, gritando, por encima de la laguna.


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