A la conquista de un imperio

A la conquista de un imperio

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Cigüeñas de enormes dimensiones, grandes buitres de plumas blancas y pecho casi desnudo; miopi —aves menos fuertes que las primeras y los segundos, pero cuya destreza hace que venzan a ambos—; pequeñas aves del paraíso y muchísimos ánades escapaban en todas direcciones, describiendo giros inmensos, para volver poco después a revolotear en torno a la embarcación, sin demostrar un miedo excesivo. Si en aquel lugar había tantas aves, era señal de que los habitantes brillaban por su ausencia.

Pasado el canal, apareció ante las miradas de Sandokán y Tremal-Naik un inmenso pantano, que parecía un lago y cuyas orillas estaban cubiertas de altísimos árboles, en su mayoría mangos, cargados con sus grandes y hermosos frutos, que se abren como nuestros melocotones, y de los cuales se sirven los indios para añadir un gusto más a su curry; también podían verse espléndidos banianos de inmensas hojas.

—Anclemos —dijo Bindar.

—¿Dónde está la jungla? —preguntó Sandokán.

—Detrás de esos árboles, sahib. Empieza en seguida.

—A tierra.

La bangle pasó entre las plantas acuáticas, destrozando verdaderas masas de lotos, y fue a encallar en la orilla que en aquel lugar era muy baja.


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