A la conquista de un imperio

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Formaron una columna y se internaron bajo los árboles, llevando en medio de ellos al faquir, al demjadar de los sikhs y al ministro Kaksa Pharaum.

Pasada la zona de arbolado, que era muy limitada, el grupo se encontró ante una inmensa llanura cubierta de bambúes altísimos, pertenecientes casi todos a la especie espinosa. Acá y allá surgían algunos árboles, muy distantes unos de otros; la mayoría eran borassos de altísimo tronco y hojas anchas y largas, dispuestas en forma de sombrilla.

—Tratad de no hacer ruido —dijo Bindar—. Las fieras no han vuelto aún a sus cubiles y podrían asaltarnos de repente.

Todos cogieron las carabinas, que hasta entonces llevaban en bandolera, y la pequeña columna se metió en aquel mar de verdor, guardando el más profundo silencio.

Por suerte Bindar había encontrado un ancho surco, abierto tal vez por la enorme masa de algún elefante salvaje o de algún rinoceronte, y el grupo pudo avanzar rápidamente, sin necesidad de abatir aquellas gigantescas cañas.

De vez en cuando, el indio que cambaba en cabeza de la columna, se detenía para escuchar, luego reanudaba la marcha más velozmente, lanzando recelosas ojeadas en todas direcciones.


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