A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Pasada media hora se encontraron de improviso ante un vasto calvero, cubierto solamente por hierbecillas y kalam, una hierba altÃsima, cortante como una espada. En medio se alzaba una construcción barroca, parecida a un inmenso cono, ensanchado en la base, con muchas hendiduras en toda su longitud. Todo el revestimiento externo se habÃa desprendido, de forma que en el suelo se acumulaban trozos de estatuas, de animales y, sobre todo, gran número de cabezas de elefante. Una escalinata, tal vez la única que estaba aún en óptimas condiciones, llevaba a un portal, que ya no tenÃa puertas.
—¿Es esta la pagoda? —preguntó Sandokán, deteniendo al grupo.
—SÃ, sahib —contestó Bindar.
—¿No se nos caerá encima?
—Si ha resistido tanto las inclemencias del tiempo, no sé por qué iba a hundirse precisamente ahora —dijo Tremal-Naik—. Vamos a ver cómo está el interior.
Ya se dirigÃa a la escalinata seguido por Sandokán y los malayos que habÃan encendido des antorchas, cuando Bindar le cortó el paso, diciendo:
—Detente, sahib.
—¿Qué quieres ahora?
—Ya te he dicho que esta pagoda sirve de refugio a las fieras.