A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¡Es cierto! —exclamó Sandokán—. Lo habÃa olvidado. Pero ¿estás seguro de que tienen su cubil ahà dentro?
—Eso cuentan.
—¿Qué dices tú, Tremal-Naik?
—A veces los tigres utilizan las pagodas deshabitadas —contestó el bengalÃ.
—Iremos a comprobar si la noticia es verdadera o falsa —decidió Sandokán—. Coge una antorcha y sÃgueme, Kammamuri. Los demás deteneos aquÃ, formad una cadena y si las fieras tratan de huir…
En aquel momento, cerca de la puerta de la pagoda, resonó un grito ronco, poco sonoro, y casi en seguida dos puntos verdosos, fosforescentes, brillaron en la profunda oscuridad que reinaba en el interior de aquel enorme cono.
Bindar retrocedió dos pasos, murmurando con voz temblorosa:
—¡Las kerkal! No se equivocaban los que me lo dijeron.
—¿Son tigres? —preguntó Sandokán.
—No, sahib: panteras.
—Muy bien —dijo el pirata con su calma habitual—; ven, Tremal-Naik iremos a trabar conocimiento con esas señoras. Hasta ahora sólo he matado las panteras negras que pululan en Borneo. Vamos a ver si las indias son mejores o peores.