A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio En la India no es raro encontrar restos de ciudades y espléndidas pagodas no solamente en las junglas que tiempo atrás debieron de estar habitadas y cultivadas, sino también en medio de las más espesas selvas.
Los antiguos rajás, más caprichosos que los modernos, solÃan cambiar con frecuencia de residencia, sea para escapar a la vecindad de fieras peligrosas que no eran capaces de destruir, sea por cualquier motivo polÃtico. Fundar una nueva ciudad estaba entonces de moda, tanto más que la mano de obra era tan barata que con unos cuantos millones de rupias podÃa levantarse otra en brevÃsimo tiempo. Asà pues es frecuente, aún hoy en dÃa, encontrarse de repente ante ruinas grandiosas, semicubiertas por una tupida vegetación. La fertilidad del suelo, el gran calor y la humedad de la noche favorecen de modo extraordinario el desarrollo de la vegetación en aquella afortunada penÃnsula.
Un campo abandonado, no conserva ninguna huella de cultivo pasados pocos meses. Bambúes, arbustos, banianos, pipal, taras, surgen como por encanto y lo hacen desaparecer todo. El calvero cultivado se transforma en un bosque casi impenetrable, o en una jungla que más tarde se convertirá en refugio seguro de tigres, panteras, rinocerontes y serpientes de mordedura fatal.
