A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio Por tanto no habĂa que maravillarse si los piratas de Malasia, guiados por Bindar, habĂan encontrado aquel refugio. Por desgracia, no parecĂa deshabitado, como esperaban Sandokán y Tremal-Naik.
Aquel sordo gruñido y los dos puntos luminosos, les avisaron de que debĂan pagar el alquiler con balas de plomo.
—Vamos —dijo Sandokán—, tratemos de desalojar a los inquilinos.
—No se marcharán sin protestar —bromeó Tremal-Naik.
—En tal caso tendrán que vérselas con nosotros. ¿No temblará tu brazo, Kammamuri? Si nos quedamos a oscuras, no respondo del desalojo.
—La antorcha brillará constantemente ante las adnara.
—Ese es otro nombre.
—Los maharatos llamamos asà a esas feas bestias.
—Ponte detrás de nosotros.
—SĂ, Tigre de Malasia.
Sandokán se volvió para comprobar si sus hombres ocupaban sus puestos, cargó la carabina y las pistolas y avanzó hacia la puerta de la pagoda, subiendo los escalones.
Tremal-Naik le seguĂa, junto a Kammamuri que sostenĂa en alto la antorcha.