A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio El pirata estaba tranquilo, como si se tratara de ir a visitar a unos buenos vecinos.
Sin embargo sus ojos no se separaban de los dos puntos luminosos, que seguÃan brillando entre las tinieblas, cerrándose a largos intervalos.
—¿Estará sola o tendrá un compañero? —se preguntó Sandokán, deteniéndose en el rellano.
—Temo, mi querido Sandokán, que la pagoda hospede a toda una familia —dijo Tremal-Naik—. Sé prudente porque las adnara son tan peligrosas como los tigres.
—Tal vez algo menos que nuestras panteras negras. Probemos a dar un buen golpe. Tú, por ahora, no dispares.
Se arrodilló y apuntó la carabina, mirando los dos puntos luminosos; iba a apretar el gatillo, cuando se apagaron bruscamente.
—¡Saccaroa! —refunfuñó el pirata—. ¿Se habrá dado cuenta esa fea bestia de que querÃa su piel, y se ha metido en la pagoda? Estos inquilinos se ponen fastidiosos. ¡Bueno! Iremos a buscarlos a su cubil. ¡Adelante, Kammamuri!
El maharato alzó la antorcha, cargó una pistola de dos aros —ya que con una sola mano no podÃa utilizar la carabina— y avanzó intrépidamente, con Sandokán y Tremal-Naik.