A la conquista de un imperio

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Los malayos y dayaks estaban dispuestos en forma de semicírculo en la base de la escalinata, dispuestos a acudir en ayuda de sus amos, en caso de que estos necesitaran su apoyo, o a cerrar el paso a las fieras.

Pero ni siquiera en aquella terrible situación habían olvidado al capitán de los sikhs y al faquir, a los que colocaron ante ellos para que no escaparan, cosa poco probable, sin embargo, porque los dos desgraciados estaban aún atados.

Después de detenerse unos instantes en el umbral de la puerta, los cazadores entraron resueltamente en la pagoda. Una sala inmensa, de forma ovalada y casi desnuda —porque no había en ella más que montones de escombros caídos de las partes altas y anchas grietas a lo largo de las paredes—, se abría ante ellos. También el revestimiento interior, igual que el exterior, se había venido abajo, cubriendo el suelo de fragmentos de estatuas.

Sandokán y Tremal-Naik lanzaron en torno una rápida mirada, descubriendo con asombro que en aquella sala no había ninguna fiera.

—¿Adónde habrá escapado la pantera? —se preguntó Sandokán—. A través de las grietas de las paredes es imposible, porque no llegan al suelo.

—En guardia, amigo —recomendó Tremal-Naik—; puede estar escondida detrás de esos montones de escombros.


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