A la conquista de un imperio

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—No me parecen tan altos como para cubrirla. Por otra parte, lo sabremos en seguida.

Ante él había un gigantesco dado de piedra, que tal vez sirviera antaño para sostener una piedra de salagram o un lingam, o el trimurti de la religión hindú.

De un salto se subió en él, mirando en todas direcciones.

—Nada —dijo al cabo—. La pantera ha desaparecido.

—Sin embargo, no ha podido salir. Nuestros hombres la hubieran visto —dijo Tremal-Naik.

—¡Ah!

—¿Qué ocurre, ahora?

—Veo una puertecilla al extremo de la sala.

—Que conducirá probablemente a una galería —dijo el maharato.

—Con tal de que no haya una salida por ahí —dijo Tremal-Naik.

—En ese caso nos ahorraría el trabajo de cazarla —replicó Sandokán—. Vamos a ver si esa señora ha preferido dejarnos el alojamiento sin protestar.

Atravesaron la sala y llegaron muy pronto ante la puertecilla, que estaba abierta. Sandokán y Tremal-Naik advirtieron en seguida un olor agudo, selvático.

—Ha pasado por aquí —dijo el primero—. Cuidado con no dejaros sorprender.


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