A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —Esta galerÃa debe de conducir a las habitaciones de los sacerdotes —añadió el bengal×. En tal caso, tendremos que recorrer un buen trecho. Ponte detrás de nosotros Kammamuri.
Apoyaron las armas en el hombro para estar dispuestos a hacer fuego y se internaron en el estrecho pasadizo que tendÃa a subir.
Recorridos unos cincuenta pasos, se hallaron arre una escalera que describÃa una curva bastante acentuada.
—¡Saccaroa! —exclamó Sandokán, fastidiado—. ¿Dónde se habrá metido ese maldito animal?
—¡Calla! —interrumpió Tremal-Naik.
Se oyó un sordo gañido un poco más arriba. Señal de que la pantera estaba allÃ, y tal vez se preparaba a disputar el paso a los tres hombres.
Sandokán, resuelto a terminar de una vez, corrió escaleras arriba y al llegar al rellano vio una sombra que se alejaba velozmente por un segundo corredor.
—¡Haz luz, Kammamuri! —gritó.
El maharato se reunió con él rápidamente.
Viendo aún aquella sombra, el Tigre de Malasia disparó a toda prisa. La detonación, que resonó como un cañonazo entre las estrechas paredes, fue seguida por un aullido de dolor.
—¿Tocada? —preguntó Tremal-Naik, dando un salto adelante.