A la conquista de un imperio

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—¡No lo sé! —contestó Sandokán, que cargaba de nuevo el arma—. Escapaba ante mí, y no la veía muy bien. He hecho fuego a lo loco.

—Vamos a ver si hay huellas de sangre. Avanzaron cautelosamente, con ojos y oídos atentos, manteniéndose inclinados para ofrecer menos blanco en caso de un ataque repentino.

El corredor, abierto en el espesor de las paredes, giraba como si siguiera la curva de la inmensa pagoda. De vez en cuando, se abrían a izquierda y derecha unas pequeñas celdas, que en su tiempo debieron servir a los brahmanes o a los gurús.

De pronto Sandokán se detuvo, inclinándose hasta el suelo.

—¡Una mancha ce sangre! —exclamó.

—La has alcanzado —dijo Tremal-Naik—. Dentro de poco será nuestra.

Seguros de no encontrar gran resistencia por parte de la pantera, apresuraron el paso. Las manchas de sangre seguían cada vez más abundantes.

La bala de Sandokán debía de haber producido una gravísima herida. Sin embargo, la condenada bestia seguía su retirada a través del interminable corredor.

En un determinado momento, y cuando menos se lo esperaban, los tres cazadores se encontraron ante una sala más bien grande, llena de estatuas que representaban las eternas encamaciones de Visnú.


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