A la conquista de un imperio

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—Y apenas descubramos los ojos de las fieras, dispararemos —añadió Tremal-Naik.

En la profunda oscuridad que reinaba en el estrecho corredor, la retirada se efectuaba lentamente, ya que Sandokán y el bengalí tenían que retroceder dando cara a la sala.

Cuando Kammamuri iba a poner los pies en el primer escalón, vio relampaguear, a unos pocos pasos de distancia, los ojos verdosos de la kerkal que escapara a través del corredor.

—¡Patrón! —dijo retrocediendo—. Tengo delante a la fiera.

—Y la segunda nos sigue —contestó Sandokán—. Ahí están sus ojos.

Los tres hombres se detuvieron, apuntando sus armas contra aquellos cuatro puntos luminosos. Aunque estaban habituados a las más terribles aventuras, no se atrevían a hacer fuego por miedo a no alcanzar a sus adversarios.

Reinó entre ellos un breve silencio, roto por Sandokán:

—No pedemos quedarnos aquí eternamente. Además de las armas de fuego tenemos las cimitarras, y no temo un combate cuerpo a cuerpo. Tú, Kammamuri, dispara contra la pantera de la escalera; yo trataré de despachar a la otra.

—¿Y yo? —preguntó Tremal-Naik.


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