A la conquista de un imperio

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—Te quedarás en la reserva —contestó el Tigre de Malasia.

Sacó con precaución la cimitarra, sin separar los ojos de los dos puntos fosforescentes que brillaban siniestramente en las profundas tinieblas, la apretó entre los dientes y apuntó despacio, para estar seguro del tiro.

Por su parte, Kammamuri apuntó con su pistola que, como ya se ha dicho, era de doble cañón.

Los tres disparos formaron una sola detonación. Al rápido resplandor de la pólvora, los cazadores vieron a las dos fieras que saltaban hacia delante, y se precipitaron escaleras abajo.

Tremal-Naik, que fue el primero en llegar abajo, oyó un gruñido en el descansillo y disparó, más por iluminar —aunque fuese un solo instante— la galería que porque creyera acertar.

Le contestó un aullido, luego una masa rodó escaleras abajo, yendo a caer sobre Sandokán, quien se había detenido en el último escalón.

—¡Ah, canalla! —rugió el pirata, que tuvo tiempo de empuñar la cimitarra antes de caer.

Levantó el arma y la dejó caer con fuerza sobre aquel cuerpo que se debatía a su lado, gritando:

—¡Toma! ¡Toma!

La cimitarra, manejada por aquel brazo de hierro, hirió a fondo por dos veces.


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