A la conquista de un imperio

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—¡Escapemos! —gritó en aquel momento Tremal-Naik—. Nuestras armas están descargadas.

Los tres corrieron locamente a través del corredor y ya iban a entrar en la pagoda cuando oyeron fuera una descarga.

—Nuestros hombres han matado a la otra —dijo Sandokán, corriendo hacia la puerta.

No se equivocaba. En el rellano yacía una gigantesca pantera, una de las más grandes que había visto en su vida, en medio de un charco de sangre.

Su espléndida piel estaba acribillada de proyectiles.

—Sahib —dijo Bindar, adelantándose—, temíamos que te hubiera ocurrido una desgracia.

—La pagoda es nuestra —dijo simplemente Sandokán—; ocupémosla.

—¿Estará muerta la otra? —preguntó Kammamuri.

—Mi cimitarra está llena de sangre, y cuando yo golpee ni un tigre puede resistir. Ahora, para mayor precaución, dispón que queden centinelas ante las dos puertas, y tratemos de descansar unas horas, que nos hace buena falta.

Los malayos y dayaks deshicieron sus paquetes, extendiendo sobre el suelo alfombras y mantas, e incluso algunos almohadones para sus jefes; otros encendieron antorchas y las clavaron en los escombros.


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