A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio El viejo Sambigliong eligió a los centinelas, poniendo tres ante la puertecilla que conducía a la escalinata de la puerta principal, ya que no era improbable que se presentaran más fieras.
Después de asegurarse de que el faquir y el comandante de los sikhs tenían intactas sus ataduras, Sandokán y Tremal-Naik se tendieron sobre las alfombras, no sin tomar la precaución de poner a su lado las armas, aunque se consideraban completamente a salvo de una invasión por parte de los soldados del rajá.
El resto de la noche transcurrió tranquilo. Sólo algunos chacales, atraídos por la luz insólita que brillaba en el interior de la pagoda, se atrevieron a subir la escalinata a lanzar algún aullido.
No considerándolos peligrosos, los hombres de guardia no se molestaron en saludarles a tiros, prefiriendo economizar las municiones.
Preparado y devorado el desayuno, Sandokán envió a la jungla a la mirad de sus hombres, para prevenir cualquier sorpresa, y luego hizo que llevaran al faquir ante él.
El pobre hombre, que ya esperaba sufrir un interrogatorio, temblaba como si tuviera fiebre, y de la frente le caían gruesas gotas de sudor.
—Siéntate —dijo con rudeza Sandokán, que estaba tendido cómodamente sobre una alfombra, al lado de Tremal-Naik—. Ha llegado la hora de a justar cuentas.