A la conquista de un imperio
A la conquista de un imperio —¿Qué quieres de mÃ, señor? —gimió el desgraciado, mirando con terror al antiguo jefe de los piratas de Mompracem, que le contemplaba como si intentara hipnotizarle.
—Un hombre con la conciencia tranquila, no temblarÃa como tú —dijo Sandokán, encendiendo el cibuc y lanzando al aire una espesa nube de humo—. Ahora, cuéntame cómo te las has arreglado, con un solo brazo útil, para secuestrar a la muchacha.
—¡La muchacha! —exclamó el faquir, alzando los ojos—. ¿Qué historia me cuentas, sahib? Ya te he dicho que no sé rada.
—Asà que no has ido a casa de una señora india para librarla del mal de ojo.
—Tal vez sÃ: pero no sabrÃa decirte quién era.
—Entonces te lo dirá un hombre que asistió a la ceremonia.
—Hazle venir —contestó el gussain, pero su voz no era nada firme.
—¡Kabung! —gritó Sandokán.
El malayo, que habÃa permanecido escondido tras un montón de escombros, se levantó y se situó frente al faquir, preguntándole.
—¿Me reconoces?